miércoles, 10 de septiembre de 2014

Cuando era pequeña, nunca conseguí acabar una colección. No era por falta de disciplina, sino por un gusto dormido por las cosas inconclusas. Desde pequeña, y aún ahora, mientras la gente conserva sin darse cuenta álbumes completos, logros encerrados, yo me detengo en el espacio del último cromo sin pegar  y contemplo aquel trazo que nunca se hizo. Me gusta escuchar la última nota rasgando el silencio, el cuento que se graba en la memoria y la canción que cala los huesos.
Quizá me venga de mi abuelo. Él me contaba aquellos cuentos que permanecen en mis sueños, me enseñó a contar estrellas y a creer que tras ellas se esconden historias mágicas. O quizá fue sólo por oponerme a mi padre, a sus zapatos pequeños y relucientes, a su pelo engominado,  a su corbata atada al cuello, al maletín con papeles garabateados. Cuando llegaba a casa me regañaba por sentarme en el suelo y se iba a su despacho. Reaparecía para cenar y con la boca llena hablaba de cosas que no entendía. Un día fui a aquel despacho. Supuse que lo interesante estaba en los libros, pero no era así. Cuando llegó mi padre, tras regañarme por llevar la camisa por fuera y mal abotonada se fue al despacho. Cinco minutos después me llamó. Me preguntó si había entrado sin su permiso y yo callé, nunca se me ha dado bien mentir. Él, tomando mi silencio como una afirmación, empezó su reprimenda: era un lugar de trabajo, no de juego, no podía entrar, no debía tocar sus cosas, etc. Yo asentía mirando al suelo y preguntándome cómo podía tener los zapatos tan limpios. No me gustaba aquel lugar, ni siquiera tenía una pequeña ventana.
 Mi madre olía suavizante, y  aunque mi padre me dijese que los cromos eran para niños y que yo tenía que crecer, ella me daba uno cuando mi padre no miraba. Recuerdo a mi madre cantando, la recuerdo haciéndome bailar y jugando conmigo. Un día tuvo un accidente y dejó de trabajar por un tiempo que al final acabó siendo unos años. Yo no comprendí qué pasó entonces, sólo veía que ya no  se reía, que ya imitaba a mi padre, ya no bailaba. Y cuando yo hacía cualquier estupidez y ella me regalaba aquella sonrisa vaga de ojos perdidos, yo era feliz. Mi madre comenzó a difuminarse en el ambiente, palidecía, adelgazaba y tomaba unas pastillas con sus manos nerviosas. Yo buscaba la mirada de mi padre, esperando quizá una solución, pero su mirada estaba en su ordenador, tras la puerta de su despacho, y sólo me topaba con los ojos vidriosos de mi abuelo. Entonces yo dibujaba otros mundos y se los regalaba a mi madre, que me miraba con ternura antes de desvanecerse.
Pero si alguien contribuyó a que yo fuese como soy, ése es mi abuelo. Él me regaló el álbum de animales. Mi primer cromo era el de un ornitorrinco. Nunca lo había visto antes y me quedé fascinada. Lo llevaba conmigo a todas partes y cada vez que alguien hablaba conmigo yo se lo enseñaba, orgullosa.
Cuando crecí, seguí sin entender a mucha gente. Personas que se atan el tiempo a la muñeca para intentar controlarlo, personas que sólo hablan de pasar página, de acabar libros. Hubo un momento en el que pensé que quizás era yo la que estaba equivocada. Y me dejé llevar. Pisé las hojas del otoño en lugar de oírlas caer, en las estrellas sólo vi astros que emitían luz y me compré una bonita agenda.
Y entonces viniste a salvarme. Te conocí en aquel teatro, no pude evitar fijarme en cómo sumergías tu mirada en los gestos de esa vieja actriz, en su sonrisa cansada, y pensé que igual yo no era tan diferente. Tomamos algo y me diste tu teléfono.  Esa misma semana fui a la residencia de mi abuelo y me comentó que me veía diferente y me pidió que volviese a ser como antes, que había un velo en mi mirada, que llevaba demasiado limpios los zapatos. Esa noche reflexioné y cuando fui a apagar una vela que llevaba toda la tarde consumiéndose, comencé a entender.
La mañana siguiente me llamaste y quedamos en el bosque. Me contaste que querías ser actor, que te gustaba leer y que conocías las vidas de cada una de las estrellas. Sé que te inventaste cada una de las historias para impresionarme, pero me sorprendió tu capacidad de improvisar. Yo te conté que intentaba ser escritora de cuentos y me miraste casi con admiración. Y entonces supe que nos entenderíamos, que respetarías el silencio de la última nota, que te reirías a carcajadas y que tú tampoco habrías terminado nunca una colección de pequeño. Después me preguntaste por mi niñez, y yo sólo pude contestarte con respuestas vagas.

Por eso cuando esta mañana he visto aquel cromo tirado en el suelo, el último que me faltaba en la colección, no lo he cogido. Y por esto después, al llegar a casa, he sentido la necesidad de escribirte todo esto. Para que sepas quién soy y para darte las gracias. Puede que ahora pienses que  no estoy  muy bien de la cabeza, pero tengo que decírtelo. Gracias a ti y a mi abuelo aquel día no me perdí y ahora conozco dos historias de cada estrella y puedo mirar mi álbum de cromos de animales, perfectamente incompleto.