Hoy he
soñado que te mataba. Tenía una escopeta entre mis manos (y sabes que detesto
las armas) y sabía cómo utilizarla. Estabas de espaldas, tenías el pelo suelto
y recogías las conchas de la playa. Te apuntaba fríamente y disparaba. Dos
veces. Caías desplomada sobre la arena. Entonces vinieron los remordimientos y
la confusión. Aunque fueras neurótica, aunque fueras altiva o indiferente,
aunque ni siquiera me vieses cuanto te llamaba a gritos, no merecías ser
asesinada. Corrí entonces y te di la vuelta. Una herida brotaba de tu hombro y
otra de tu pecho, tu cabeza caía como la de una marioneta desmadejada y tus
ojos de niña se habían convertido en escarcha. Lamí la herida de tu brazo hasta
que cicatrizó. Tu sangre sabía a metal dormido. Tapé la herida del pecho con
mis manos mientras lloraba sobre tus ojos de niña. Clavaste tu mirada en mí,
confusa y herida. Tenías los ojos de niña y los labios de muerta, amoratados
por un frío que nunca entendemos. La herida del pecho dejó de sangrar y te
incorporaste. No dijiste nada. Sólo me miraste y cogiste mi brazo, contemplando
todas sus cicatrices. Ambas sabíamos que me las habías hecho tú. Prometo que en
los sueños, al contrario que en la vida, todo tiene un sentido. Nos
comprendimos y nos levantamos. Tú te alejaste buscando conchas y yo me fui
hacia el acantilado, al otro extremo.
Si te
cuento todo esto es porque no sé explicarte de otra forma por qué me voy. Estoy
cansada de tener heridas que luego curas con esmero de enfermera. Estoy cansada
de que me sonrías mientras me envenenas, de compartir sábanas y angustias. Lo
siento. Lo siento. De verdad creo que es mejor para las dos, las cicatrices
sólo les sirven a los vanidosos y a los estúpidos. Por eso cuando te has
despertado no habrás visto nada que me pertenezca. Lo he recogido por la noche
tras la pesadilla. Te dejo la nota y el collar de conchas que ambas hicimos en
la playa. Lo siento. Volveremos a encontrarnos y, cuando lo hagamos, sabremos
que hice bien en marcharme. Me mirarás con tus ojos de niña y tu sonrisa
traviesa y me dirás “Menos mal que dejamos de matarnos”. Iremos a la playa y
nos daremos cuenta de que la espuma ha borrado nuestras marcas.
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